Mal andamos si alguien se hace esta pregunta. Lo sensato es preguntarse qué buscan los alternativos, los enigmáticos y misteriosos, los gurúes de la hinbestigación y demás embrutecedores de sus semejantes. Qué buscan éstos aparte de dinero, claro.
En su última entrada en Paranormalidades Josué Belda defiende la necesidad de la labor habitual de los críticos y escépticos en el terreno del mercadeo paranormalista, respondiendo a la pregunta ¿Qué buscan los escépticos? Comienza diciendo que muchas veces le han hecho esta pregunta si los escépticos si no creen en las cosas que critican. Como siempre, esta forma de ver las cosas aporta indicios sobre el pensamiento de quien se extraña de la labor de los críticos. Y, como acabo de asegurar, lo extraño es que haya quien se pregunte por el sentido de la crítica; y también lo malo, pero ése es otro tema.
A veces yo me digo que la utilidad de la crítica escéptica es escasa, que el mercado y la mentira -que van de la mano- tienen vidas propias, y con unos anticuerpos poderosos frente a la duda y la vergüenza. Otros días soy más optimista, e incluso me divierte descubrir las debilidades en el razonamiento de los que no tienen mejor ocupación que divulgar estúpidas paridas conspiracionistas o acongojantes relatos de la vieja majadera con los pelos de la nuca erizados y el olor del misterio en sus narices.
Para lo que no es útil el escepticismo es para ir a la tele a participar en un programa-basura. Hace un par de meses me invitaron a la Televisión Canaria (qué suerte que ustedes no la pueden ver) para sentarme a una mesa friki en la que se trataron cosas del “más allá”. Aquí, como siempre, los sobrentendidos son muy potentes, así que lo mismo se habló de psicofonías que de algún mamonazo echacartas que estafó a una mujer, como todos esos impresentables que aparecen en la tele cada mañana.
El planteamiento del programa era engañoso: como digo, la hipotética existencia del más allá fue algo que se dio por cierto desde el momento en que al presentador no le interesaba más que fomentar las reacciones semi-histéricas de la misma forma que un puñado de granos de millo (maíz) excita a unas gallinas. Parece que esa dinámica de patio de vecinos envalentonados y vociferantes es lo que demanda el televidente del montón. ¡Qué desperdicio de neuronas por parte de los productores, director y presentador del programa! ¡Coño, con lo sagrado que es el silencio! Alguien podría decirme que éste es uno de los rasgos que determina la superioridad de Cuarto milenio ante el salsarosismo televisivo imperante. No, el citado programa religioso simplemente adopta el estilo característico del ocultismo con pretensiones de normalización social: la metralla paranormalista se arropa con el falso asombro de su telepredicador; las barbaridades son editadas junto con las declaraciones de algún científico despistado o poco concienciado; y las falsedades históricas se presentan como huevos Kinder dirigidos a los adolescentes con cerebro infantil.
Algunas de las perlas del programa televisivo en el que participé fueron:
- Una mujer que mostró un par de fotos de su casa en las que aparecía un fantasma o un retrato que no se hallaba realmente en ese lugar, o cualquier otra combinación que ustedes prefieran y con la que les castañeteen los dientes.
- Un cura que decía que el diablo existe y que el laicismo sólo ha traído que la gente deje de creer en este señor -en el diablo- y en Dios.
- Grabación de una entrevista radiofónica con otro cura (por si era poco el que había en la sala) de Lyon que practica exorcismos. Media hora contando soporíferas chorradas. Me aburrí en el “bakesteich”. Según me comentaron, el presentador del programa de humor Cuarto milenio lo entrevistó esa misma semana. Eso de los exorcismos vende, oiga, y a algunos les excita esa mezcla de alteración psiquiátrica y pantomima preconciliar. Qué asco…
- Otro tipo que decía era exorcista y que se enzarzó en una divertida discusión con el cura por quién tiene derecho a hacer estas prácticas. Me reí un rato.
- Por mi parte, una vez que me senté a la mesa, cada vez que intentaba explicar algo con más de veinte palabras me cortaba el presentador. A veces me tocaba con su pierna por debajo de la mesa (estaba al lado) para que interrumpiera a alguno de los sujetos que allí había. ¿Pero para qué, si luego me cortaba a su vez?
- Un parapsicólogo que también hacía limpiezas y que cobraba 30 euros por sesión. Lo llamé desahogado y sujeto sin escrúpulos, o algo así. Lo encajó de puta madre, con torería. Y es que su tarea no consistía en barrer el suelo o en poner la lavadora.
- Un chico flaco como un jockey, muy amanerado, que decía que la oui-ja había causado todos los males imaginables a su familia.
- Una señora que se sentía estafada porque su vidente le pasaba una chuleta de carne por su cuerpo para limpiarla (no piensen mal: la chuleta era una chuleta, no una salchicha).
- Y por último, un tipo que había vivido una experiencia cercana a la muerte, el típico relato. Sólo me dejaron decir que era una cosa que fabrica nuestro cerebro porque… (corte que te pego). Le dije que se desengañara, que no había estado muerto, porque si lo hubiese estado no estaría allí con nosotros, que si se lo dijeron se lo diagnosticaron mal. “Hay que vivirlo para opinar”, fue su respuesta, claro.
Como se podrán imaginar, la crítica se muestra incapaz ante un escenario como éste. Su objetivo es otro, no debatir en pie de igualdad; se dirige a las tripas del televidente, en particular al peristaltismo rectal -en sentido figurado-, no a las neuronas. Gran parte de la televisión puede quedar así retratada.
¿Qué buscan, por tanto, de nuevo, los escépticos?
Semanas atrás, en el Golem blog su autor se hacía eco de un artículo de Fernando Savater en El País en torno a la cándida pretensión de renombrados autores por llevar la nueva buena atea a las conciencias de sus lectores. Fernando Savater, con un poco de ironía, aseguraba:
Daniel Dennett, Richard Dawkins, Michel Onfray, Sam Harris, André Comte-Sponville, Christopher Hitchens… En ese catálogo, los autores anglosajones destacan por su agresividad y también por un cierto candor misionero en su refutación de las viejas creencias. Incluso dedican numerosas páginas a demoler las pruebas tradicionales de la existencia de Dios (que no han mejorado desde Tomás de Aquino), empeño que a estas alturas del siglo XXI, y con Hume, Kant y Freud a nuestras espaldas, resulta casi conmovedor de puro antiguo, como bordar fundas para almohadas o algo así.
La clave del texto de Savater se encuentra en esta frase, que es precisamente la que más sorprendió a Ángel “Gólem”:
Al parecer dan por descontado que aportando razones lograrán librar a los ilusos de convicciones que, ay, ninguno de ellos ha adquirido por vía racional.
Yo apunté en los comentarios de la entrada que, precisamente, suele ser inútil convencer a un creyente religioso con argumentos racionales, de la misma forma que es imposible convencer a quien cree que existen numerosos restos de presencia extraterrestre en la arquitectura antigua de que no existen pruebas científicas que avalen tal sospecha.
Se trata del pensamiento mágico o esotérico (y su degradación en pensamiento ocultista en el siglo XIX). Las vías para llegar a lo que pueda ser un convencimiento son totalmente distintas de las del pensamiento racional. El pensamiento mágico parte de unas conclusiones (influidas por muchos factores, entre ellos los emotivos) y busca pruebas, indicios que las confirmen (la existencia de Dios, la presencia de extraterrestres en la antigüedad, la existencia de un más allá donde perdure la conciencia, etc.).
Por eso, el intento de Dawkins y demás está en buena medida condenado al fracaso: no hablan el mismo “idioma” que los creyentes, y normalmente es como intentar dialogar con una pared.
Este importante aspecto del debate entre pensamiento racional y creencias mágicas es tratado por Wiktor Stoczkowski en Para entender a los extraterrestres (Acento Editorial, Madrid, 2001). La terminología empleada por el etnólogo es racionalidad productiva (la de las ciencias que se someten a la contrastación empírica) y racionalidad restringida (la de las creencias apriorísticas, por ejemplo, la presencia de astronautas extraterrestres en la antigüedad, que es el caso analizado en la obra citada). El libro de Stoczkowski, aun no siendo de digestión sencilla, pues obliga a pensar al lector -como bien dice el autor en la introducción- es útil para entender por qué ocupan ciertos nichos culturales las creencias alternativas, en qué y cómo se fundamentan, y por qué la crítica a la manera de Dawkins y otros no supone un verdadero riesgo para la pervivencia de estos constructos, a no ser que el propio individuo que los alberga en su mente abra la puerta y deje pasar a Dawkins y compañía. Si no, se quedarán fuera mientras el creyente (en lo que sea) permanece en su casa psicosocial a resguardo de quien no sabe, ni intuye, ni sospecha.
Quizá mi comentario pudo dar la impresión de que lo mejor que podemos hacer los críticos es abandonar nuestra labor, en vista de una aparente inutilidad. Pues no, sin duda. Afortunadamente, el planteamiento de Stoczkowski, siendo como es realista y atenido a la complejidad del mundo de las ideas, no lleva aparejada la inoperancia de la crítica -algo que ni siquiera es necesario que haga explícito desde el momento en que somete a un potente análisis a una fabricación como es la astroarqueología-; al contrario, en nuestra sociedad de la hiper-información no podemos pensar que todas las mentes estén cerradas ante la racionalidad productiva, ante el pensamiento crítico. Abundan los ejemplos de personas que, en tiempos, fueron creyentes, y luego evolucionaron hacia una interpretación de la realidad que -prefiero referirme a ella por vía negativa- no es la del mercadillo en el que trabajan los Pepe Gotera y Otilio del misterio y los enigmas. Ésta es, pues, nuestra razonable esperanza.
En definitiva: los escépticos no escriben para los magufos, normalmente: lo hacen para los creyentes que se inician, para los curiosos, para los que no se han dejado embaucar aún por la parafernalia mercantilista de los enigmas misteriosos y de los misterios enigmáticos, por las energías alternativas y por los alternativos energético$. Y empezamos a constatar que algunas voces perciben la utilidad social de la crítica escéptica (entrada del día 8 de agosto), cosa que hace sentirse a los mercaderes de cosas raras enigmáticas y supercalifragilísticas como a los responsables de una multinacional hamburguesera cuando a aquel fulano le dio por pasarse un mes comiendo sus Delikatessen, y hacerlo público. Dense un salto, si su estómago lo aguanta, por los comentarios de algunas entradas recientes del blog de Luis Alfonso Gámez. Ése es el nivel de los divulgadores de misterios españoles, reacción propia de garrapatas que son incomodadas en su idílico paraíso chupóptero de las mentes juveniles-juveniles y misteriófilas. A ver si empezamos a pensar por nosotros mismos, no guiados por la fuerza magnética de la cuenta corriente de cuatro iluminados con chaleco de arqueólogo, que ya tenemos edad…
Lo que buscan los escépticos, aunque a usted le repatee, le irrite y le enoje hasta el babeo rabioso, es lo que Josué Belda expone en su entrada. Se lo lee tranquilamente por la mañana, por la tarde y por la noche durante una semana. No tema aumentar la dosis, que no le causará intoxicación alguna.